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Leer a Gabriel Rimachi Sialer es entrar en un territorio incómodo, pero necesario. Todos los muertos de mi felicidad no es solo un buen título: es casi una confesión. Desde ahí, el libro se mueve entre la memoria, la pérdida y esas pequeñas derrotas que uno arrastra sin hacer mucho ruido.
Rimachi no escribe desde la grandilocuencia, sino desde lo cotidiano que, de pronto, se quiebra. Sus personajes parecen vivir en una especie de borde: no están del todo derrotados, pero tampoco logran sostener algo firme. Y en ese espacio intermedio es donde el autor encuentra su mejor voz.
El libro se siente como un recuento íntimo de pérdidas. No hay dramatismo exagerado, más bien una melancolía contenida, casi lúcida. Los “muertos” del título no son fantasmas literales, sino relaciones que se rompieron, versiones de uno mismo que ya no existen, silencios que se fueron acumulando con los años.
Hay temas que atraviesan varios cuentos. La soledad, por ejemplo, no aparece solo como una condición, sino como una forma de estar en el mundo. La ciudad —Lima, o cualquier otra— deja de ser un escenario y se convierte en un estado mental. También está la incomunicación: personajes que hablan, pero en realidad dicen muy poco, cargando con todo lo que no se atreven a expresar. Y, sobre todo, una nostalgia persistente, como si el pasado, aun siendo doloroso, fuera lo único verdaderamente sólido.
Uno de los aspectos más interesantes del libro es cómo dialoga con otros textos. En “Elogio de la sirvienta”, por ejemplo, hay un eco claro de Vargas Llosa, pero llevado a un lugar más oscuro, más incómodo. Aquí el deseo ya no tiene nada de elegante: es algo que desgasta, que encierra, que consume. Algo similar ocurre en “¿Quién mató a Palomino Molero?”, donde la referencia sirve para explorar el peso del recuerdo, esa carga que uno no se puede quitar nunca del todo.
También hay momentos donde la escritura se vuelve especialmente sensorial, casi física. En “Ciudad solitaria”, por ejemplo, lo que se cuenta no se queda en lo moral o lo abstracto: se siente, incomoda, deja una impresión difícil de sacarse de encima. Hay en todo el libro una especie de poética de lo desagradable, de lo que uno preferiría no mirar, pero que termina siendo profundamente humano.
En cuanto al estilo, Rimachi apuesta por la precisión. No hay exceso de palabras, no hay adornos innecesarios. Todo está medido para que el impacto llegue donde tiene que llegar. Sus finales no buscan sorprender con giros bruscos, sino cerrar lentamente, como quien apaga una luz y deja al lector a solas con lo que queda.
Al final, Todos los muertos de mi felicidad es un libro que se queda dando vueltas. No porque busque ser complejo, sino porque toca algo reconocible: esa sensación de pérdida que, de una forma u otra, todos llevamos. Rimachi no escribe sobre la muerte como final, sino sobre lo que se transforma cuando algo se pierde.
Es una lectura que incomoda, sí, pero también acompaña. Y eso, en literatura, no es poca cosa.

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