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Por: Diego Abanto Delgado
Es muy raro encontrar películas peruanas que salgan del molde de éxito comercial tras el boom de Asu Mare. Por ello, el estreno de La pena máxima, adaptación cinematográfica de la novela homónima de Santiago Roncagliolo y dirigida por Michel Gómez, no deja de ser, a priori, algo positivo para el desarrollo de la industria en nuestro país.
¿De qué trata La pena máxima? En esencia, son las desventuras de Félix Chacaltana ante la desaparición de un amigo, en lo que rápidamente se vuelve un thriller político-judicial que encuentra a este joven trabajador del Poder Judicial en medio de un enredo que no termina de entender. Es, además, una historia de madurez, con una actuación bastante destacable de Emmanuel Soriano como un personaje que es “o muy inteligente o muy huevón”. Cada espectador sacará su propia conclusión. El resto del elenco no se queda atrás, sin terminar de destacar ninguno por encima del otro, salvo las excepciones de Augusto Mazzarelli e Ismael Contreras, quienes sin duda se roban el show con cada aparición.

Por un lado, estamos ante una película entre cuyos méritos se encuentran encapsulados en en los avances, desde la ambientación -aunque uno puede preguntarse si para la ambientación no ayuda que Lima en muchos aspectos no haya cambiado de cómo era el siglo pasado- y en cómo va intercalando fragmentos de los partidos del Mundial Argentina 78’ con los que va acompañando el drama. Por otro lado, estamos ante una película que no termina de cerrar un solo arco narrativo con satisfacción y muchas conveniencias de guión en su intento por hacerlo.
Un punto aparte es el tema que aborda, el Plan Cóndor. Hasta cierto punto, aun si lo alude con cierta timidez, podría lograr algo que no hizo la novela o la propia historia, abrir por fin una conversación sobre el rol que tuvo el gobierno de Morales Bermúdez no en la participación de Perú en el Mundial, sino en la desaparición de personas durante su régimen. Si La pena máxima logra que por lo menos más personas se interesen en ahondar en este poco tocado asunto de nuestra historia, quizá, no toda esperanza está perdida y habrá dejado algo más que positivo tras su paso por las salas.
Ahora, al tratarse de la adaptación de una novela, que el propio Roncagliolo se encargase del guión es algo que no puede dejarse de lado. Y es que la película repite muchos de los fallos que ya se hallaban en la novela. Aunque disfrutable, por momentos cliché. Aunque divertida por momentos, confusa por otros. Aunque con momentos de suspenso, también tiene otros donde es necesario suspender la lógica de la realidad. Por muchos pasajes, La pena máxima va agarrando un ritmo que te hace pensar que te explicarán bien qué sucede, y solo se abre otra incógnita para el protagonista. La estructura de la ‘revelación’ se repite por lo menos dos o tres veces más a lo largo de la película, por lo que cuando finalmente sucede la gran revelación, uno no deja de preguntarse si tanto jugueteo con el recurso era realmente necesario. Sin adentrarnos en spoilers, solo diremos que la pena máxima de esta película no es ser mala, sino tener la oportunidad de ser más que buena… y no poder lograrlo.
Calificación: 3 de 5 estrellas.
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